Y entonces es como el año anterior.
Ahí estás.
Esperándome en la concha acústica de la Universidad.
Eres feliz con solo verme comer
y luego querrás leer
todas las cartas que hiciste para mí...
y cantarme una canción y que yo te diga que sí.
Ahí estás.
Dándome esas atenciones que nadie ahora me da.
Mal acostumbrada me dejaste,
¿sabes?
Debo admitir que la mejor sorpresa de mi vida me regalaste:
"Andrés en portería",
me dijo el vijía
aquella noche de septiembre.
¿O fue octubre?
No lo recuerdo,
estuviste conmigo poco tiempo
y ni huella dejaste.
Esa noche bajé a verte
con temor a que llegaran mis padres,
y te vieran...
¿Qué hacías en mi casa?
¿Por qué me visitaste?
Nunca entendí por qué me querías
cuando de antemano te dije que aún no podía olvidarle.
"¿Cómo puedes querer a alguien que no te quiere?",
me contestaste.
Así, como tú quisiste a alguien
que mientras estaba contigo
escribía para otra persona...
otro alguien que de seguro en ese momento estaría haciendo otra cosa.
Sí, justo así.
Así y ahora cuando yo quiero a alguien
cuyas letras deberían ser mías,
pero no lo son...
así como cuando no te pertenecieron las mías,
y como ahora que te dedico algunas,
siendo franca,
me siento pagando una deuda.
Pero ahora ahí estás.
En mí.
Te recuerdo porque te llego a sentir,
porque te siento ahora,
porque aunque sé que ya te hace feliz otra persona
y también soy feliz por eso,
no puedo abandonar el gusto que sentía por tus deseos;
de quererme, de consentirme, de no dejarme sola.
Extraño ese llavero,
las cartas,
las estrellas de origami...
hasta ese beso en que se te puso la boca morada
por haberte mordido tan duro.
¿Qué te digo?,
traté de callar en todas nuestras despedidas.
Y ahora ahí estás, ojos bonitos,
desde la fotografía que tienes con tu novia, saludándome.
Ay, ojos bonitos, ¡si hubiera aprendido a amarte...!
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