Nunca olvidaré la vez
que se me ahogó un grito.
Podía sentir como pasaba
arañando las paredes de mi garganta.
Lo recuerdo muy bien:
me bañaba...
dejaba que el agua me lavara el mugre
como si también fuera a llevarse el desespero consigo.
Hubo un momento
en el que el gran nudo que tengo en la espalda
casi me tira al suelo,
y mis brazos fueron a parar apoyados
a la pared de baldosas curtidas.
Mi cabeza bajó
y mis ojos vieron mis pies,
con sus uñas pintadas de morado escandaloso...
casi tanto como la celulitis que invade mis piernas progresivamente.
Mi sexo y luego mi vientre,
que te sirvió de lecho tantas noches.
Mis pechos que tanto amaste
y las veces que nos soñábamos con tanto ahínco.
Pero los sueños son hechos inventados,
no palabras que en cualquier boca pueden acaecer.
Entonces quise gritar,
gritar del dolor que me produce
que cada gota de agua esté reemplazando ahora
esos gritos que quise grabar en mi piel,
tus gritos de placer
tus gritos de agonía por abstenerte de mi alma sincera.
Pero el grito nunca apareció
bajó por mi garganta y se me incrustó en el hígado...
por eso siento punzadas en el abdomen cada vez que te veo.
Y también mis vellos se crispan.
Pero es fiebre.
Fiebre por creer en sueños hechos de palabras.
Fiebre que ahora el agua fría no puede bajar.
Besos que por gotas de agua no se pueden reemplazar.
Dolor que no puede ser reemplazado
por una causa más relevante.
Gritos ahogados.
Ufff, qué fuerza tiene este poema!
ResponderEliminarNo sé si es porque estoy pasando por esta situación, pero de verdad cada palabra tiene tanto dolor que se impregna en la persona que la lee.
Ese grito que nos tragamos para demostrar lo "bien que estamos", y tantas veces que nos intentamos limpiar, pero la herida no es superficial. He vivido esa escena muchas veces, no querer salir de la ducha jamás, sentirse enfermo y traer recuerdos que llegan como puñaladas...
Me encantó.