martes, 10 de abril de 2018

Insulsa

Fastidiada.
Jodida.
Podría decirse que deshilvanada.
Soy un concepto que se ha quedado en una concepción alternativa.
Ya no podés saborearme
Y tu tacto me deja helada.
No puedo asirte como las veces
en que creí haberte conocido.
Creí que me mirabas en el alma
cuando en realidad solo mirabas a mi ombligo.
Vana.
Sin palabras, me has arrebatado las arterias.
¿Dónde puedo hallar un poco de sal en todo esto?
Ya no tengo la potestad
de retroceder más allá.
La libertad en tu mirada,
yo, atrapada en mi puta cabeza
y con la lengua anudada.
Solo mis manos desatadas...
¡para qué!, si están atrofiadas.
¿En serio nada
para ofrecer tendré?
Tras el cielo azul
está la nada.
Todo, consolidado en un final inconcluso.
Este poema, incluso.
¿Poema?
Los gritos que salieron de repente a causar estragos.
Nadie podrá reconocer su belleza
nunca.
Mientras tanto
me dedicaré a mirarte del otro lado.

jueves, 23 de marzo de 2017

Tribulación

En mi vida es como si vos fueras
un personaje.
No solo por todo lo que te he moldeado
al acariciarte
tantas veces con mis manos;
sino por tantas ideas que en mi mente tienen tu nombre.
Yo siento que te hice.
Que te di poder.
Te regalé mis ganas de vivir.
Puse palabras en tu boca,
libros en tu cabeza
y guie tu mirada
hacia la locura desenfrenada
que supone el cuerpo de una mujer.
Pero mi mundo se agotó
porque con vos solo usaba las mismas palabras,
rojo, magia,
y una parte del cuerpo que patente recuerdo
y lamentablemente no diré.
Sin embargo yo no soy más que eso.
Y llegó ese momento
en el que tenías tanta vida
que quisiste darle a alguien más
la capacidad de respirar.
Desearía poder mirar al otro lado y armar
un nuevo personaje con palabras distintas,
en las que quizá puedas esconderte
tan bien
que no te encuentre por ningún lado.
Mas el origen de mi ira
es que no puedo reemplazarte.
El origen de mi pena
es que ella me reemplaza a la perfección.

21:23


jueves, 9 de febrero de 2017

Volver

Y mis ojos no volverán a mirar
Hasta que no vuelvan a encontrarse con tu torso desnudo
Y mis manos no volverán a tocar
Hasta no volver a recorrer tu espalda anudada
Y no volveré a estar desnuda
Hasta que tu piel no roce de nuevo la mía…
Y no volveré a portar un reloj
Ni a percibir el tiempo
Hasta no acordar la siguiente cita
Y la cuenta regresiva
Haya terminado.
Y entonces me preguntaré a cuántas chicas habrás dejado esparcidas por el camino
a medio vivir.

sábado, 22 de octubre de 2016

Sinónimos

Lamento no caerle bien a tu forma de amar
pero te compadezco cuando tu interior arde de ira
por una cerilla de dos milímetros
y yo no puedo apagar el incendio.
Me disgusta que mis besos
no tengan ese poder.
Es una pena que no apreciés
el café de grano,
que tomes con tanta normalidad
el café instantáneo que te preparan las manos corrientes
como si no fuera un sacrilegio.
Me quejo de las respuestas que nunca recibí sobre literatura
solo porque no habías leído lo suficiente,
aunque yo nunca contestara las preguntas que sobre amor
se formularon.
Duele tu calma
Pero soy piadosa a tus espaldas;
creés que me arrebataste el alimento,
la guitarra
y el color rojo.
¡Qué grima que no te dés cuenta
de que yo te arrebaté tus letras!
Las llevo puestas en el vestido que me pondré,
en el insulto que gritaré riendo en público,
en los besos que suelto al viento.
Las usaré para hacerme poderosa y
todo sucederá tal como lo esperabas...
y que no estés para verlo sí que es una verdadera lástima.


lástima (tomado de la RAE).
De lastimar.

1. f. Enternecimiento y compasión excitados por los males de alguien.

2. f. Objeto que excita la compasión.

3. f. Quejido, lamento, expresión lastimera.

4. f. Cosa que causa disgusto, aunque sea ligero. Es lástima que no hayamosvenido más temprano.

5. interj. U. para expresar pesar ante algo que no sucede como se esperaba.

martes, 4 de octubre de 2016

Cuatro de octubre

Yo me siento fatal y claro,
nadie sabe lidiar con la tristeza.
Basta con ver que la he llevado a cuestas
por más de cuatro años.
Andate.
No necesito que me ayudés a cargarla.
Ya no exijo,
ya no trabajo,
ya no produzco,
ya no jodo,
ya no protesto para vos.
Porque las lágrimas son suficientes para mí.
Buscá una vida larga en otra bandeja,
decidí ser las manos que la saquean.
No te debo arreglarte las ganas.

martes, 3 de mayo de 2016

Ya la conozco

Ya la conozco.
Oh, sí. Claro que la conozco.
Se disfraza como Amarilla de Rafael Chaparro
pero en realidad es Bella Swan.
La conozco, está hecha de letras.
Busca vivir la vida sin saber que en realidad
cuando te dedicas a vivir
no puedes escribir
ni dedicarte a escuchar.
La conozco,
es medio andrógina,
medio atolondrada.
Lo suficientemente atolondrada para enamorarte.
La conozco por sus movimientos premeditados.
Por la huella que deja en el viento
de burbujas de champú anti caspa.
Por su cohibida risa
que la hace suficientemente puta
para ser reconocida como una dama.
Conozco sus asimétricos senos
y su miedo a que le vean la cicatriz
que le recuerda a la infancia que ya no añora.
Sé que es quien quiere ser
y se pregunta qué hará cuando ya no se encuentre.
Pero solamente se lo pregunta
cuando está ebria de oír tus tragedias.
Pues el resto del tiempo está tan segura
cuánto la halagues.
Claro que la conozco.
La he visto muchas veces al frente del espejo.
Ahora solo la veo a través de una pantalla.
O quizás no la veo,
solo la imagino como la manifestación de mi miedo
recién materializado.
Nunca sabré si a ciencia cierta es ella
o no,
pero puedes girarla entre tus dedos
y comprobar su resistencia con una sencilla prueba:
deja de dedicarle poemas
y observa atentamente cómo se estalla.

jueves, 3 de marzo de 2016

Es hora

Llevo unas cuantas noches acumulando letras.
Letras que se han desprendido
del contorno de tu cuerpo
y he coleccionado a cuentagotas.
Me miras de soslayo y agarro una a, una e;
te veo besarla y solo me queda una n por recoger.
Del suelo.
Están acumuladas como un costal en mis manos
y solo quiero tirártelas a la cara.
Tapar con letras esa sonrisa tan falsamente sincera.
Todavía me pregunto cómo puedo quererte tanto.
Cómo puedo por asomo pensar
que yo resignifico los versos de las canciones
que le dan sentido a tu caminar.
Cómo me imagino ese futuro prometido
donde no existe el daño
y somos infinitos.
Cómo puedo pensar que eres infinito.
Tú todo lo gastas:
ya no hay más besos,
ya no hay más dinero,
ya no hay más tiempo.
Quizás es hora de decirte adiós.
Ya no soy una palabra que te cueste pronunciar.
Soy la letra l en la colección de
otras letras, como la d.
Y otras cuya canción nunca conoceré.
Me cuesta despedirme tanto como me cuesta
admitir que te quiero.
Dime que
esto solo es una s, una x, una o.
Que solo estuve para sentir los vellos afeitados de tu cuerpo
y no de tu barba al celebrar un triunfo
o hacer mejor un día difícil.
Sé que es hora de decirte adiós,
pero no sé cómo. Porque odio tanto decirte adiós,
como quiero tanto odiarte.
Por solo decir palabras,
ganar hechos
y luego no ser hechos ni palabras.
Solo una foto que guardo celosa en mi ordenador.

lunes, 29 de febrero de 2016

No sabía qué escribir

En el natalicio número 76 de la talentosa pintora Ethel Gilmour, recuerdo cuando le narré uno de sus cuadros: 


(No sé qué pintar, Ethel Gilmour, 1997)

El lienzo de color negro que la esperaba tras la puerta de su alcoba era la carta a Dios en la que estaba trabajando ese año, 1997. Ella se llama Ethel y ya decidió cortarse el cabello, es un camino por el que las personas en su condición deben optar tarde o temprano.
Había una razón por la que el lienzo era negro. Había sido azul, pero no era el tono de azul que quería. Cuando llegó a Colombia, en el 71, se había enamorado de su cielo azul. Amó el cielo azul de Medellín, que observaba desde la ventana de su casa en el Parque Bolívar, en la época cuando las balas resonaban bajo sus pies… pero ella solo podía mirar hacia arriba.
Esta vez miró hacia arriba del lienzo y comprendió que cualquier azul que pintara, sin importar el pantone, no volvería a ser  igual que el azul del cielo del que se enamoró a su llegada. De hecho, el tono de azul se había ido degradando hasta que sus manos finalmente, por inercia, decidieron esparcir pintura negra en el fondo. El negro siempre era el mismo color, no admitía tonalidades. Y siempre se necesitaba oscuridad para ver las estrellas, una de las pocas cosas que le quedaban para disfrutar.
Vivía maravillada en Colombia, pues la luz de la ciudad era muy tenue comparada con la de su natal imperio estadounidense, y le permitía siempre ver al menos una estrella cada noche. A veces la luz de una estrella era lo único que se requería para apaciguarla. Su esposo Jorge era una de sus estrellas.
Aún no le había contado nada. No sabía cómo decirle que quería librarse de las cosas que su mismo Dios le había puesto en el camino; no sabía cómo enfrentar el hecho de que él la entendiera, que la mirara con sus ojos afables y estrechara su escuálido cuerpo con sus brazos repletos de vellos canosos. Definitivamente, quería que apareciera un punto de giro que cambiara la condición en la que viviría por unos cuantos años más.
Era la razón por la que el cielo en este cuadro era negro y no azul. Había pensado en Dios y por eso pintó su nombre en una de las estrellas blancas que comenzaban a colorear el cuadro, después de todo, esta era otra carta para Él.
Ethel pintaba descalza. Le gustaba sentir el piso de madera de su alcoba. Después de pintar las estrellas, se puso las chanclas, cruzó a la cocina y en un mug revolvió un poco de café, amargo y triste. Tomó la taza en una mano y con la otra agarró un pan de yuca, un manjar colombiano que disfrutaba mordisquear a cuentagotas. Regresó a la habitación y al empujar la puerta con su codo, derramó un poco de café dejando una mancha oscura en un tapete de encaje blanco que tenía extendido en el suelo.
Posó la tasa en una mesita y agarró el pincel blanco, aún húmedo por el cielo estrellado, y trazó el tapete en el lienzo sin la mancha. Valía la pena verlo y plasmarlo límpido, incorruptible. El café lo había arruinado de forma tan súbita como las diminutas células del cáncer habían llegado a su propio cuerpo.
Sin embargo, pintar un tapete de encaje blanco sin manchas no iba a hacer que el silencioso bicho que le crecía adentro se detuviera. Pensó en cómo serían las células que se reproducían dentro de ella mientras pintaba el cuadro, y trazó toda una corte de pepitas rojas que formaban un pasillo.
Un pasillo donde luego se dibujaría una silueta minúscula de ella misma. Jorge de seguro iba a pedirle que luchara, eso era un hecho. Y cuando Jorge le ordenaba qué hacer, Ethel se sentía diminuta. Pero lo amaba, y no le importaba modelar sus huellas en algún rincón de sus cuadros, aunque estas terminaran siendo una figura de ella misma a pequeña escala.
Por otro lado, estaba siendo devorada por el pesimismo que nunca la había caracterizado. Las ideas nefastas que brotaban de su cabeza como girasoles, se decantaban por el pincel untado de pintura roja que sostenía entre sus manos. Quiso tirarlo lejos, pero apreciaba mucho su suelo de madera y el tapete blanco estaba suficientemente estropeado.
Lo metió el vaso, que salpicó unas gotas blancas producto del otro pincel recién lavado. Pintó luego el girasol que antes había imaginado nacer de su cabeza, recordando el amarillo del guayacán que veía todas las mañanas frente a su ventana. Mientras delineaba el girasol, se dijo a sí misma que si vivía más de cinco años después de recibir su nefasta noticia, el día anterior, se dedicaría a recrear guayacanes.
Dejó el girasol como una figura flotante en el lienzo, pues le recordó al broche que le había regalado su hermano mellizo la última vez que se habían visto en Bolivia, mientras ella era una maestra de kínder simplona. Pensó en su hermano y su extraño pero verosímil don de siempre averiguar qué le pasaba. Se preguntó si él se sentiría tan mal como ella y si todavía llevaba el copete que otrora le adornaba la cabeza. En su trasteo a la calle Ayacucho, había perdido su número de teléfono y su dirección postal.
Probablemente se encontrarían de nuevo si Ethel lograra volver a visitar a su madre. Estaría en la casa de Cleveland bebiendo leche, y se limpiaría el bigote casi transparente que se encalaba en su labio albino, al oírla cerrar la puerta y sacudir el paraguas. Y la besaría en la mejilla izquierda y escucharían el relato trillado de la mujer de mediana edad que les contaría lo hermosos que fueron de bebés.
Ethel pintó a su hermano con forma de bebé, porque quería mandarle un mensaje que le hiciera comprender y compartir la fragilidad que se apoderaba de su espíritu, y que él le besara la mejilla izquierda, y que ambos bebieran leche y que después de beber leche, todo estuviera bien.
Si Jorge hubiera irrumpido en el apartamento justo en ese instante, probablemente se hubiera roto en sus brazos. Hay quienes dicen que solo se puede romper a llorar o a reír, son las únicas emociones por lo que vale la pena hacerse añicos. Ethel, en cambio, opinaba que podía sentirse rota al caminar, al beber el café que manchó el tapete, al mordisquear un pan de yuca. Pero Jorge no merecía una esposa rota y ella quiso rociarse pegamento en todo el cuerpo para recomponerse otra vez. Ideó una regadera que rociara todo su cuerpo y con pequeñas gotas de convicción regresara su ser a la normalidad.
Luego se dio cuenta de que el lienzo negro no parecía una carta para su Dios, porque se halló a si misma trazando la silueta de un caballo como si su mano tuviera su propio momento de epifanía. A ella no le gustaban los caballos, y nunca le hablaba a Dios de las cosas que le eran indiferentes. No obstante, no podía evitar el balance de elementos que siempre aparecía en sus cuadros, de pintar sobre las cosas que le gustaban y las que no.
Si esta pieza iba a tener un dibujo tan feo como el de un caballo, también tendría que dibujar el tallo del girasol, que tampoco le gustaba por ser peludo al tacto. Pero lo pintó sobre el tapete blanco, para que este cimentara su deseo más grande de durar lo suficiente como para llegar a pintar guayacanes.
A las seis de la tarde del día en que Ethel creó el cuadro, la artista estaba delineando la tercera pata de la oveja que nunca pudo completar, porque su marido llegó a casa. Y con el mismo pincel blanco que pintó sus estrellas, que pintó a su Dios, que pintó al tapete y a la oveja, escribió al lado de su figurita “no se que pintar”, así, sin tildes, porque si no sabía vivir en esta nueva condición de existencia, a lo mejor no sabría tildar. Si no sabía tildar, no podría escribirle a su hermano ni anotar en su agenda la próxima cita con el oncólogo, y si no iba a ver al oncólogo, no sabría si podría pintar guayacanes.
No sabía qué escribirle a su Dios, cómo pedirle cambiar las cosas sin cambiarla a ella; no sabía qué pintar y por eso se pintó a sí misma una vez más.

Laura Bayer Yepes

sábado, 27 de junio de 2015

Alarma

Le miré, yacía apacible junto a mí con sus ojos cerrados.
No eran los mismos párpados
no los mismos cabellos
no los mismos pómulos.
Mi cerebro lo notó a tiempo
y contuvo mi boca.
No pude llamarlo por tu nombre.
Alguien duerme en la cama equivocada.

jueves, 7 de mayo de 2015

Viento

"Yo no le debo besos, 
pero quise deberle este poema"
-Luis García Montero. 

Un día importante en mi vida
abrí una ventana.
El viento entró con tal ahínco
que mi cuerpo no tuvo salida.
Envolvió cada fibra
con sus ráfagas,
solo nadaba
flotaba
sucumbía
entre la oleada que cubría mis pechos
mi cintura
mi sexo.
El viento no se iba.
Comenzó a calar mi piel
erizando mis vellos,
y se metió en mi mente
para hacerme olvidar ciertas cosas.
El viento creó
una bruma que cubrió
mis ojos: todo lo distorsionó.
Al palpar al viento
no podía tocar más
el carácter verosímil de mis sueños,
solo conseguía asir la suavidad
de sus brazos que me estrechaban,
la calidez de su abdomen,
la luminosidad de su sonrisa.
El viento no es discreto:
ni con sentimientos
ni con negligencia.
El viento te empuja
y te hace tambalear
cuando no se ocupa
de ondear
tu falda ni enredar tu cabello.
No es discreto
cuando su tentáculo penetra
en lo profundo de tu pecho.
Y siento que me arde el corazón.
Para aplacar el escozor
necesito que se marche,
que el aire para respirar se apague...
sumergirme en agua
o en formol.
Cerrar la ventana
sin que sean mis manos las que pongan el seguro.
Desintegrarme...
arde el todo,
no las partes.
¿Por qué no podré ser tan volátil
como él?

martes, 21 de abril de 2015

Dos

Es tarde.
Nuevamente tarde.
Siempre tarde.
Tarde para leer
y en más de mil letras solo captar
las que componen tu nombre.
Tarde para cambiar vidas,
transformar costumbres,
vestirse y salir de prisa.
Tarde
para dedicatorias sin alcance.
Es pronto.
Pronto para un choque eléctrico
a un par de corazones sanos.
Pronto para connotar una aventura suicida.
Pronto para sentir frío
cuando todo es cálido,
pronto para la necesidad
en medio de la abundancia.
Pero sigue siendo tarde...
tarde para irrumpir
tarde para sentir
tarde para definir.
Siempre el momento equivocado.

jueves, 9 de abril de 2015

Marzo

No te amo porque seas atractivo
No te amo porque me hagas reír
No te amo porque me encante tocarte
No te amo porque parezca que tu cuerpo está hecho para mí.

No te amo porque quieras lo que yo quiero en la vida
No te amo porque quiera contigo compartirla

No te amo porque ame encontrarme con tu rostro como lo primero que veo al despertar.

No te amo porque a pesar del tiempo, nuestra historia sobrevive.

Te amo porque eres mío, mi hombre,
y sin más remedio,
ya llevo tu nombre
tatuado en mi piel por todas partes.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Gente diminuta

Vengo a hablarles de la gente diminuta.
Dicen que solo funciona el lado derecho de su cerebro,
que sus gustos son disímiles
y es difícil hacerlos notar que hablan lento.
En la mirada de la gente diminuta solo brilla el ojo izquierdo.
Diminuta es la acción que describía Nietzsche
de aquellos que no pueden aflojar sus cadenas
y sin embargo, pueden liberar a sus amigos.
La gente diminuta tiene corto alcance
si se lanza desde una catapulta,
pero puede caer en un campo fértil
y quedarse cultivándolo todo el día.
Hay grandes cantidades de gente diminuta:
es gente muy común que comparten la cualidad de saberse únicos.
Sus pensamientos son cósmicos
y ascienden como titán golpeando las diminutas gargantas,
y cuando sus diminutas cuerdas vocales son aporreadas
por el ímpetu de no cometer ningún error,
las palabras salen diminutas de sus bocas, a veces, a borbotones.
La gente diminuta está permamentemente intoxicada
pero con elementos no tóxicos:
demasiado amor,
demasiada esperanza
y unas ansias desaforadas
de ayudar a la gente grande que no necesita ayuda.
Con todo, la gente diminuta no siempre es diminuta.
Crecen exponencialmente con las adulaciones.
Sus pasos hacen retumbar la tierra cuando
logran acariciar el infinito.
Cuando se juntan entre diminutos
a profesar una especie de religión basada en el juicio.
Por otro lados, los números los vuelven realmente diminutos:
las cifras, las finanzas, la forma normal de la gente grande de ver el mundo.
Se achican proporcionalmente cuando las palabras diminutas
solamente tienen el impacto de una gota de agua
en las rodillas de la gente grande.
¡Es tan inevitable sentirse diminuto!
Tan inevitable como sentirse infinito.

martes, 27 de mayo de 2014

Carta abandonada en el Metro de Medellín

Todas las personas llevan al menos una piedra en su zapato, así sea de las pequeñitas, esas que hacen que te querás quitar el tenis y la media justo el día en el que no te echaste talco. 

Las piedras en el zapato también son simbólicas, por supuesto; por muy contento que esté uno en la vida siempre tiene que morder el pedazo de fideo donde está el comino del Triguisar que lo sazonó. Y entonces la boca queda sabiendo a limbo, al vacío que uno no es capaz de sostener porque no tiene de dónde agarrarlo. 

Ese vacío entra sin tocar la puerta, cuando uno es pintor de una casa y no consigue el tono de blanco que quería el patrón, cuando uno tiene que comer callado delante del jefe porque se equivocó en un balance contable, cuando sos puta y esta semana te dio una infección vaginal, y lo del mes no va a alcanzar entonces para la mantequilla Rama y hay que comprar de otra marca más barata; cuando personas como yo empezamos a escribir una carta y no funciona. 

Querido, apreciado, para vos, a vos, porque me importás, buenos días. Ninguno. Todos esos saludos suenan horrible, incluso la rasgadura del papel al escribirlos. Porque alguien más los dijo y toda la humanidad se ha pasado su historia escribiendo cartas. Me pregunto si algún día esto llegará a pasar con los correos electrónicos. Hola, buenos días, te envío adjunta la consignación, dtb, tqm. Algunos son saludos sin vocales y otros sin alma. 

Y a vos, ¿qué te va a importar lo que yo creo de los correos electrónicos? Seguro solo te importa que te salude de una vez por todas y te diga qué carajos hago escribiéndote. Te escribo, no sé hacer otra cosa. No quiero hablar porque cuando uno habla con una persona puede recibir una cachetada con indiferencia, hasta por teléfono. “Estoy ocupado, ahorita te marco”, “espere después del tono, su llamada es muy importante para nosotros, pronto la atenderemos”, ¿te acordás, te suena? 

Las cosas que uno quiere nunca llegan pronto. Las papitas a la francesa, para comer ebrio y pasar la borrachera afuera del lugar donde todo el mundo parece pasarla bien, o al menos se olvida de que la vida revienta tanto. Un buen polvo. El reclamo de la jubilación que esperaré eternamente. O la puta llamada que te ayude a restablecer el Wi Fi. 

¿Por qué me desvío tanto? Porque no te quiero admitir que lo que a mí me revienta es no saber qué piensa la gente. Por eso cuando escribo una carta siempre pienso en qué pasará por la mente de mi destinatario cuando sus ojos se muevan de un lado a otro. Porque quiero pensar lo mismo, quiero que las cosas que yo diga lleguen a alguna parte, quiero morder el mismo pedazo de fideo, quiero tener la misma piedra, quiero encajar en alguna parte. 

O decime vos, si no pensás en qué piensa tu marido cada que te ve clavada en la mesa de aplanchar, usando los chores del resorte dañado y sudando mares para que todo se vea perfectamente estirado ante los demás. ¿No pensás en lo que piensa tu mujer cuando te pide plata justo en el momento de la noche cuando querés olvidar por un segundo que eso es lo que necesitás hasta pa’ respirar? 

Yo no creo que no pensés en qué piensan las personas de este vagón, a las cuatro y media de la tarde, recibiendo el poniente no adhesivo, pero desesperante, como una nube de moscas parecida a la que tenés en la cabeza con nombres propios y vida propia: “servicios”, “arriendo”, “tareas”, “peleas”, “el predial”, “no tengo plata”, “o soy tan pobre que lo único en lo que pienso en esta vida es plata”, que parecen flotar en el aire en el momento del día donde uno se quiere morir por un ratico. 

Tampoco creo que cada persona no haya pensado en morirse al menos una vez. ¿Entonces por qué siento la necesidad de que me respondan este mensaje, si sé eso? No es que tenga ganas de morirme. Es que tengo ganas de no estar rota en una ciudad donde todo el mundo parece estar debidamente cosido. Tengo ganas de no decir que las cosas me revientan, cuando para mí reventarme es dividirme en dos, tres o cuatro simétricos pedazos, mientras hay gente que se revienta en mil y muchas veces no es capaz de volver a pegarse. 

¿Dos, tres o cuatro también contarán para ser persona, para no pasar inadvertido? Pido mucho; uno no es sujeto cuando ya va llegando la hora pico y el vagón se ve como una lata de embutidos. Hagamos una cosa pa’ salir de esto fácil y liberarte de que sigás leyendo retahílas sin mucho sentido: si te sentís como yo a veces, solamente pegá un grito.

lunes, 31 de marzo de 2014

La siguiente excusa.

Tan solo soy un corazón atolondrado,
que anda por ahí como titán desbocado,
tan atolondrado que se usa
a sí mismo de excusa.
Maldad, fatalidad, víceras y razón…
no conozco su significado total
aunque pretenda ser de verdad
aunque pretenda suprimir a ese corazón.
¡No soy puro corazón…!
Los corazones tienen arrugas, pero no estrías.
Son ovaladamente pulidos,
no conocen de pliegues  ni huecos no metafóricos.
Los corazones no fingen,
no se consuelan ellos mismos,
a ellos les importa encajar y lo hacen a la perfección.
Por eso no puedo ser solo un corazón.
Pero tampoco tengo tripas ni razón.
No tengo tripas porque siento miedo
se me erizan los vellos, se me quiebra la voz
y tiemblo ante la negación…
no duro en una convicción
-quizá lo logre diez minutos, un día, unos cuantos meses…
pero siendo convicciones no deberían evaporarse
entre las yemas de mis dedos tan fácil-
y tengo un andar bastante torpe.
Mis propios nervios me ponen zancadilla.
¿Seré yo un corazón?
¡No, no puedo serlo!
Tampoco soy un cerebro.
No soy razón ni razones,
pues cuando fui razón de otros corazones
mis fibras quedaron esparcidas por toda la puta ciudad
donde matan a pobres corazones, como contaba Páez.
Mi razón no puede ser la razón, pues mi razón no entiende
que su razón debo ser yo misma
y no pretender ser otra
para que vuelva el otro que otrora estuvo.
Ese otro ya no existe y es mejor que esa otra que antes era yo, no exista.
Cerebro: anotado. Tripas: anotadas. Corazón: anotado.
Los tres atolondrados.
¿Todos tres atolondrados?
Y a veces soy otra que ya no existe.
El cerebro, las tripas y el corazón forman un ser humano,
uno que a veces explota por mala combinación.
Entonces explota y ya no existe.
Ya no existo…

he ahí la siguiente excusa, pero ¿he de rehacerme otra vez?

domingo, 1 de diciembre de 2013

Prefiero

...prefiero verte envuelto
en esa bruma pegajosa
que pixela mis sentimientos
y pone mi amor borroso
¿Amor?
Prefiero no llamarte amor
y sujetar los pocos buenos recuerdos
Definitivamente prefiero
amar al niño que cuidaba
y no al cerdo
Prefiero permanecer en la posición de un anhelo
nacido del arrepentimiento
y dejar que corran los dos ríos que nunca debieron cruzarse.
Debería dejar que te quedés lejos
donde tu olor no me toca
y mi voz no te llama,
"quedate en la nada que me sabe más rica que el desamor".

jueves, 17 de octubre de 2013

3 de agosto

Cerrar los ojos fuertemente y cruzar las piernas
para contener el deseo de gritar tu nombre a cientos de kilómetros.
Cepillarme los dientes con ahínco
para que la gingivitis remplace
 la sangre con la que acababan los mordiscos de tus besos,
e ir a acostarme,
a reposar en una cama tan diferente a tu cuerpo,
 en la que se hunde mi figura
y no se rebela contra mi histrionismo.
La cuestión es la impotencia de extrañar unidireccionalmente,
dejando que los recuerdos se cuelen por las cavilaciones más nimias
y la mente se pudra con el dramatismo de la ausencia.
 A veces la minúscula motosierra
que parece ser mi voluntad
toma tu foto y le pinta un gran bigote y diente chueco,
se burla de tus canciones, tus juegos y tus planes;
mas no ha podido cercenar ese último abrazo
y lo melifluo que fue dormir con vos al menos una hora...
ese beso que enviaste hacia la puerta del taxi en el que partí,
que se quedó flotando en una calle del centro.
Como ese beso, hoy estoy flotando yo,
oscilando entre un futuro brillante donde no estás vos
y el fracaso de completarme con mis sueños rotos recién pegados.
Y cada nueva noche seguiré soñando
a ver si la brecha se acorta con los años,
pero siempre con las piernas cruzadas y los ojos cerrados.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Y sé muy bien que no estarás




"Y algún día dejaré de enojarme, amor mío, sin que sea por ti, y compraré bombones... para mí. Me pararé en la esquina en la que seguro has estado sin mí, y no diré las palabras que se dicen y no comeré las cosas que se comen y no soñaré las cosas que se sueñan y sé muy bien que no me importará tu ausencia".

lunes, 26 de agosto de 2013

Promesa

Haberte dicho en medio de fósforos y lágrimas
que siempre iba a acordarme de vos
fue lanzar ante el humo del cigarro
esa "sentencia de amor condenatoria".
No era tan sencillo como botar mi camisa al suelo
en medio del frenesí
-o la calma, los martes-
y dejar que se llenase de los pelos de tu perro.
No era tan sencillo como mentirle a mi madre
acerca de mis actividades diarias.
No era tan sencillo como romper la promesa
de no volver a buscarte.
Pero no volví,
no volví,
no he vuelto.
Ni siquiera he vuelto en mí,
todavía salto entre tus cabellos largos,
los que siempre idealicé.
Todavía me veo acariciándote el pecho paradisíaco,
para que se calmara la rinitis
y dejaras de estar agitado.
Todavía me imagino besando
tus mejillas agrietadas,
soplándote para correr el sudor de tus sienes,
queriéndote decir con gritos ahogados que te amaba.
Pero un día me prometí que no se ama en poco tiempo
y que el amor es cuestión de naturaleza,
no de conexiones mágicas absurdas.
Y como adiós solo me lanzaste un beso,
que se quedó flotando en los primeros tres centímetros
que respiro
y que al suspirar siempre saboreo,
y que por él no me puedo acordar de las últimas palabras que me dijiste.
Y por no acordarme y romper la sentencia,
nació la promesa de no buscarte de nuevo.



Hoy es siempre todavía, por y para vos, S.C.B.

lunes, 8 de julio de 2013

Si pudiera elegir no quererte...

Si pudiera elegir no haberte conocido
no conocería la delicia de perder fobias absurdas.
Si pudiera elegir no haber tocado tus labios
me importaría el mundo que alrededor de mí se alza.
Si pudiera elegir no haberme equivocado
no serían tan intensos mis besos,
esos que hoy te regalo con la esperanza de una huella impresa.
Si pudiera elegir no jugar
dejarías de ser mi no historia más bella
y todas las noches de abrazos negras
se escurrirían por mi espalda.
Si pudiera elegir no gustarte
no tendría la necesidad de corresponder los te amo que se escapan
por las ventanas del primer orgasmo.
Si pudiera elegir relevancia
llenaría mi pared de etiquetas a modo de venganza,
pero dejaría al amor agotarse en palabras.
Si pudiera elegir no quererte...
me largaría de este país sin remordimiento alguno;
aún voy a irme,
de mis días
de tu vida
pero si pudiera elegir
conmigo te llevaría.