"Delante de mi ventana hay un árbol,
un árbol tan grande del que te puedes colgar
para soñar
Estamos en otoño y me cuelgo de él,
mi Papy viene hacia mí,
en el sol,
y en el ojo doble de su gran aparato
me cuelga (clic) al fondo de una imagen
En las hojas doradas
disfruto en sueños,
disfruto con ser amada
sobre un árbol colgada" -M.E.
(Nunca olvides que te quiero, Delphine Bertholon).
Hay momentos en la vida en que el tiempo podría detenerse "estilo Big Fish". El primero es cuando se termina una historia antes de que te aburra (cosa que logran algunas poesías); el segundo, cuando crees que una fotografía tiene vida; el tercero, cuando ves que una persona ha expresado con palabras más elocuentes lo que estaba en tu cabeza, sin sentirte menos "original" por ello.
En el tercer caso, no sé si todos los que hacemos "garabaticos" de vez en cuando estemos condenados a tener el pedazo de un cliché por algún lado, una parte de aquellos motivos que han movido a la Literatura en la humanidad, como el amor o la muerte. Es complicado lograr, entonces, hacer algo que suene medianamente novedoso.
Pero hay algo que resulta realmente impactante, y es cuando se comparte de buena manera aquellos motivos, cuando las narraciones son tan similares, pero tan distintas que parecen ser armónicas.
Y hoy me alegra saber que, aunque solo se trata de algunas puntadas, algo de mi prosa se complementa con las bellas letras de la francesa Delphine Bertholon, que sin duda, supo escribir una de las buenas obras de literatura. Y eso ya es decir mucho, pues hay dos razones: los dueños de las letras no son solamente los autores consagrados, y, como decía José Saramago, "la vida está llena de historias, pero no todas las historias de la vida son Literatura".
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