Como el Acid Mantle a la piel quemada, la poesía le hacía bien a mi corazón recién arrugado. Mientras luchaba contra el calor de la lluvia, escuchaba a un poeta jamaiquino que participaba en la versión número 22 del Festival de Poesía de Medellín. También oponía resistencia al entumecimiento de nalgas producido por estar sentada por mucho tiempo en las graderías del teatro al aire libre del Cerro Nutibara. Pero eso no le quitaba el sabor a los buenos poemas, los cuales todavía me hacían pensar en ciudades remotas y soñar con el retorno de mariposas amarillas a mi caminar.
Recosté la mejilla en la mano derecha y miré hacia el costado oeste del teatro, buscando las ramas de un árbol en las cuales enredar mis penas y hacer que se evaporaran al cielo. Entonces lo vi, sentado entre la maleza, a la sombra de lo que aposté, podría ser un castaño.
Estaba entre los matorrales, sentado simplemente, con sus ojos oscuros entornados, incrustados en su tez blanca como ónices, y su cabello crespo un poco enmarañado cayendo sobre sus hombros. Me recordó muchísimo a Otoniel Guevara, un amigo poeta salvadoreño que conocí en el décimo noveno festival, y que un día me había dicho que cada vez que escuchara "poesía abraziva" le buscara entre los árboles que rodearan el teatro. Fue por eso que no pude parar de mirarlo, hasta que un poeta del rap se apoderó del escenario... justo cuando el joven de cabello alborotado se disponía a devolverme aquellas miradas.
Y hubiera seguido viéndolo, de no ser por un verso de la canción de Fly So High que dirigió mis ojos a su voz:
"Busco un amor sencillo, sin temores ni prejuicios,
que tenga sus defectos, sus virtudes y sus juicios,
que tenga algún problema, por ahí, de vez en cuando,
pero que por sobre todo, me mantenga estimulando.
Un afecto real,
no ideal,
ni inexistente,
un cariño entre humanos, imperfectos, no el de siempre...
que sea visceral,
como todo lo importante,
amor natural,
para entregarse y aceptarse".
Aquello me llamó tanto la atención que seguí en la onda del rap, meneándome en mi puesto, aplaudiendo y sonriendo, sin mirar al hombre de negro rodeado de verde.
-...que yo no entiendo el amor -cantaba Fly So High-. ¡Levanten la mano los que como yo no entienden el amor! -Pidió al público.
Hice una ovación y le obedecí orgullosa.
Cuando el rapero abandonó la tarima, regresé la mirada al costado oeste del teatro. Ya me estaba observando cuando yo comencé a hacerlo. Hasta sentí un poco de vergüenza por estar convencida de que también me vio alzar la mano. No era capaz de mantenerle la mirada por mucho tiempo.
" Se parece mucho a Jorge -pensé recordando a un amigo de las épocas de colegio, que también era de facciones pulidas-, seguro se dejó crecer el cabello".
Y siendo así, ¿cómo podría sentirme atraída por Jorge?
Sin embargo, aquel hombre sobresaliente entre la normalidad tenía todas las cualidades que yo apreciaba; no lo conocía, pero de eso estaba segura. Además, si estaba solo allí, sentado sin más, era porque tenía que gustarle la poesía.
De repente comenzó a llover: Festival que se respete siempre debe estar pasado por agua, pero eso nunca detiene al público. Pronto las cabezas cepilladas, las boinas y los sombreros fueron reemplazados por paraguas y chaquetas, con letras y lluvia viajando por encima. Al igual que en la hierba, el chico de ojos negros entornados se transformó en un espacio vacío, al cual no valía la pena dirigirle más miradas... no hay que detenerse demasiado en recuerdos tan efímeros.
-No, no te vayas... -Susurré mientras le veía correr a resguardarse en algún lado, o bien, a alcanzar a un vendedor de plásticos hechos de bolsas de basura.
Escampó después de dos horas, luego de oír las melifluas palabras de Jotamario Arbélaez: "por aquí, salvo la amistad, el sexo y la poesía, todo mal"; y de aplaudir con ganas de dar la razón desaforadas. El tiempo pasó y yo debía irme. Me despedí de aquella compañía que empezó a antojárseme incómoda desde que vi al muchacho de los matorrales, y salí corriendo escaleras arriba hacia la salida, en la cual el auto de mi madre me esperaba.
Justo cuando acabé de atravesar las graderías y me dirigía a los límites del recinto, alguien tomó de la manga de mi buzo negro y me hizo volverme, por lo que me encontré de frente con unos ojos negros que me decían:
-Yo tampoco entiendo el amor.
Cada que veo "Sin comentarios" bajo una entrada, pienso que es porque nos dejas a todos sin comentarios...Eres una tesa Hitty... :)
ResponderEliminarDefinitivamente.
ResponderEliminarMe gustó encontrar en los primeros párrafos elementos del "Cien años de soledad", además, el elemento final que deja sin palabras pero con una historia abierta a un montón de posibilidades, le da un toque excelente.
Deberías escribir más crónicas, tienes mucha habilidad!